Cultura Agosto 30, 2017

Ante el abismo cultural

ante el abismo cultural por ernesto sabato

El escritor, ensayista, físico y pintor argentino, Ernesto Sábato, escribió un artículo periodístico cuyo texto dividió en dos partes, con frases que introdujeron el cambio en el mismo, y que subtituló: “Sin un buen sistema educativo solo podremos ser la parodia de un país civilizado”.

Hacia 1830 nuestra juventud ilustrada no solo oía sino que cuidadosamente escuchaba el clamor que desde Francia se levantaba en favor de un humanismo que desembocaría en la revolución del ´48, “uno de los acontecimientos que han conmovido al mundo”, comentaba Sarmiento desde Chile.

Mientras que, desde Montevideo, también Alberdi y los demás jóvenes exiliados seguían con fervor el movimiento contra las tiranía, por la justicia y la libertad del hombre, esos grandes ideales sin los cuales no vale la pena vivir, ideales que son, que tiene que ser, inconmovibles, sobre todo en un época de crisis de ideologías.

No digo que hoy debemos repetir ciertos errores positivistas que, a pesar del espíritu romántico que los inspiraba, y precisamente por eso, fueron base de una auténtica hazaña espiritual. Y el instrumento básico decisivo fue la educación popular, que llevó a Sarmiento, con sus escuelas primarias, obligatorias y gratuitas, con sus candorosos pero heroicas maestritas.

Con todas sus fallas, alfabetizaron y homogeneizaron un país inmigratorio, constituyéndose así en la base de la nueva Argentina.

Sobre esos pilares pudieron fundarse más tarde institutos superiores como aquellos en que tuve la suerte de educarme, en esa Universidad de La Plata genialmente concebida por uno de esos humanistas que añoramos con melancolía: Joaquín V. González. Con sus centros no solo de enseñanza sino investigación en matemáticas, en astronomías, en humanidades.

No, no todo fue candoroso en la descomunal empresa de aquellos hombres de la generación del ´80, pues por algo llegamos a ser aquel Faro de la América latina que con admiración casi infantil cantó nada menos que Rubén Darío.

Liderazgo intelectual que, aunque maltrechos, todavía muestra atributos, del mismo modo que un aristócrata empobrecida muestra rasgos de calidad a través de sus trajes raídos.

No ignoro los graves errores e injusticias de Sarmiento contra los gauchos y las mentiras y exageraciones del Facundo, una de las grandes novelas de nuestra literatura, donde, con violenta genialidad, proyecta contra su alter ego, contra el caudillo bárbaro que subsistía en su alma americana, los exorcismos que en rigor estaban destinados a combatir a sus propios demonios.

Aquel hombre ridiculizado por intelectuales formados en las escuelas inventadas por ese loco que no solo llenó el país de gorriones e italianos –denostando no sólo a inocentes pájaros sino a los dos mil años de cultura universal producidos por Italia–, sino a sabios y artistas que, hoy por hoy, es lo único que nos honra en el mundo civilizado.

Me acaban de decir que en una estadística de la UNICEF la Argentina figura inmediatamente antes de Uganda en el presupuesto que se dedica a la educación con respecto al bien llamado producto bruto nacional. Y creo que Uganda debe andar por el lugar octogésimo, en el fondo mismo del Tercer.

Gracias a Sarmiento y hasta a los enemigos políticos de él, en la década del 20 la Argentina estuvo en el sexto o séptimo lugar en el mundo en sanidad, vivienda y alimentación; y, en cuanto a la educación, entre los países más alfabetizados, llegando a ocupar el tercer lugar en el porcentaje de estudiantes universitarios.

Eso logró la grandeza de esta Nación, por aquella cultura llegamos a pertenecer al primer mundo (no por decreto presidencial), fuimos salvados de la deshonra total en los períodos dictatoriales, y seremos salvados en el futuro también gracias a ella, cuando de verdad reconstruyamos nuestro país.

Pero para eso debemos luchar y denunciar todo lo que se está haciendo para destruir ese único valor que todavía tenemos.

Mundo. Dios mío, ¡adónde hemos ido a parar! Felizmente, es muy difícil destruir toda nuestra gran herencia cultural, todavía estamos a tiempo de salvarla, para que vuelva a ser más sólida base de reconstrucción.

No hay grandes hombres sin almas grandes, ni grandes naciones sin una gran cultura, porque la cultura es el alma de una nación. Sin ella, solo haremos precaria y grotesca parodia de un país civilizado, reemplazando la enseñanza del arte con cursos de computación – ¿lo he oído bien? – enanos de los países hiperdesarrollados, pero miserables en el orden del espíritu.

Ya que estamos atrasados económicamente, no cometamos el error que cometieron esos países y sepamos mantener los valores humanos que son los más importantes: no una nación con ciberántropos sino una en que siga habiendo padres, madres, y abuelos; no uno de esos colosos que ya llegan hasta exportar abuelos para que mueran lejos de su tierra y de sus nietos.

Eso será si sabemos valorar el espíritu y no cometer gravísimos errores en la educación.