Economía Marzo 17, 2017

Pluralismo sostenible

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La globalización no ha cambiado una realidad incontrastable: no hay pueblos que puedan construirse como naciones pacíficas y democráticas sin un Estado soberano, que pueda realizarse con independencia.

Esto significó y sigue significando no otra cosa que la capacidad de actuar frente a poderes extranjeros que impiden su poder de decisión y ante los factores endógenos que pretendan apropiarse de él a través de tutelajes encubiertos que impidan el control de la ciudadanía.

Durante más de dos mil años, desde la Grecia clásica hasta el siglo XVIII, fue una premisa del pensamiento occidental que en un Estado democrático y republicano el tamaño de la ciudadanía y del territorio del Estado debían ser pequeños. Hubo que inventar la representatividad.

En el “Contrato Social”, en 1792, Rousseau todavía sigue todavía ligado a la antigua noción de un pueblo que tuviera control final sobre el gobierno de un Estado lo bastante pequeño en población y territorio como para posibilitar que todos los ciudadanos se reuniesen a fin de ejercer sus soberanía en una única asamblea popular.

Menos de un siglo después, la creencia de que la nación o el país era la unidad natural del gobierno soberano ya había arraigado tanto que John Stuart Mill, en sus “Consideraciones sobre el gobierno representativo”, de 1872, enunciaba una sola frase lo que podría considerarse obvio, al rechazar la premisa de que el autogobierno exige necesariamente una unidad lo bastante pequeña como para que toda la ciudadanía se congregue.

Pero Mill no pudo imaginar hasta qué punto el gran aumento de la escala transformaría radicalmente las instituciones y prácticas democráticas. Más allá de las críticas que se puedan hacer contra un gobierno basado en la representación popular, constituye el punto de partida de toda organización social que mantenga las libertades y trabaje por la igualdad.

A caballo de la transposición entre la representación política y la puesta en escena de esa representación, muy en línea con el auge neoconservador, se montó la idea de la necesidad de votar personas y no partidos o programas.

A esto se lo ha dado en llamar “pluralismo”, algo absolutamente necesario para la democracia, pero en un sentido diametralmente distinto. El pluralismo real parte de la aceptación de la tolerancia, que es la razón de la equidad, que se basa en el disenso y la diversidad de partidos políticos. La unanimidad siempre es sospechosa.

Cuando algunos políticos aspiran a ordenar la sociedad como un todo entran en dificultades con la democracia, porque conciben a la oposición como un impedimento para la realización de sus objetivos. El pluralismo significa el reconocimiento de partidos y grupos, organizaciones y asociaciones de distinta naturaleza, sindicatos de los más diferentes oficios y profesiones, diversas doctrinas e ideas y cada vez menos de individuos aislados.

También nos puede llevar a distinguir éticamente lo que debe ser igual, de lo es tolerable que sea desigual, así como lugar por los derechos humanos de segunda generación.

De la Redacción de Diario Cafayate