Cultura Octubre 6, 2016

Cafayate ricotera de Oktubre

La revista Rolling Stone sensibilizó el recordatorio de su tapa número 233, en la que se ilustra la presentación del segundo album de estudio de Patricio Rey y sus redonditos de ricota y la valoración de Pablo Plotkin, asesor editorial de la magazine que puso énfasis a las mejores obras del rock nacional.

“Además de ser protagonista de la nota de tapa del número 223 de Rolling Stone -que ya está en los kioscos- con un recorrido por sus orígenes, Oktubre figura en el top 5 de Los 100 Mejores Discos del Rock Nacional. El segundo disco de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota ocupó la cuarta posición, detrás de otras obras maestras, como Artaud de Pescado Rabioso, Clics Modernos de Charly García y Manal de Manal”.

“A continuación, el texto original de Pablo Plotkin (Asesor Editorial de Rolling Stone) publicado en la Edición Especial de Colección Los 100 Mejores Discos del Rock Nacional”:

Pese a las explosiones iniciales, el verdadero comienzo del segundo álbum de los Redondos es más bien un advenimiento, la aparición en el horizonte de una tropilla de sobrevivientes después del desastre (¡Chernobyl!). Una escalada sonora rústica le gana terreno a la catástrofe nuclear y a los fuegos de una revolución oscura. Del destape democrático (o su desencanto), ni noticias. Las voces llegan de la agonía de la Guerra Fría y de un futuro de éxodos, terrorismos y sueños teledirigidos. Un disco cyberpunk hecho por hombres de formación beatnik, un catálogo de visiones distópicas puesto en la escena de un presente alterno: unos años 80 que no tienen nada que ver con los raros peinados nuevos ni la posmodernidad. Lo que el Indio Solari -un treintañero que enfrentaba al público de rock en mangas de camisa, pelada oficinesca y bigote montonero- tenía entre manos era un álbum programático, una obra conceptual motorizada por el resentimiento post dictadura (más que ímpetu de liberación, se respiraba el arte de la venganza), las transformaciones tecnológicas a la par de la crisis económica y la paranoia inflamada por el consumo de cocaína. A eso se refería Solari cuando, en diálogo con Rolling Stone, trataba de desmenuzar el sentido de “Jijiji”, séptima canción del disco y tema favorito de la mayoría ricotera. “Para mí es un poco la paranoia de la droga, cuando alguien está a la deriva dentro de esa situación. «Jijiji» es una risa medio perversa, marca una bidimensionalidad, es como que todo lo que estás diciendo no es una afirmación.”

La cocaína, en efecto, estaba ahí para espolvorearlo todo. “Semen Up”, basada en un fraseo de guitarra del inigualable Skay Beilinson, definirá para siempre la sumisión anhelante del merquero argentino: “La veo casi como un demonio/ y rasco la alfombra por su amor”. Pero la guerra subliminal que libraba el disco era mucho más abarcadora y profunda: lo que estaba en juego era el “secuestro de tu estado de ánimo” (“Ya nadie va a escuchar tu remera”), y lo que Patricio Rey venía a interpretar era una época de batallas culturales en las que el enemigo sería más difícil de identificar que un grupo de tareas. Así, “Divina tv Führer” concilia la tensión atómica con la explosión del mercado publicitario, mientras que “Canción para naufragios” cronometra el tiempo que le hubiera llevado a un misil viajar de los Estados Unidos a Rusia (o viceversa): “Son seis minutos y nuestra mami va a contestar.”

El Oktubre Rojo y el Octubre Peronista. La masa Berni-bolchevique que ilustra la tapa del álbum evoca una épica revolucionaria que por entonces parecía derrotada. Rocambole, su autor, se lo contaba así a Gloria Guerrero: “Las ideas salieron de una noche de fernet. El Indio veía banderas, multitudes. Primero iba a ser todo rojo y negro, pero cuando lo fui haciendo más abstracto le agregué el gris. La tipografía parece soviética al estar invertida una letra. En el reverso se ve la Catedral de La Plata en llamas: un símbolo revolucionario”.

A dos años de la edición de su debut (Gulp!, producido por Lito Vitale), los Redondos todavía eran una banda underground, aunque ya convocaban a más de mil personas por show. Oktubre fue registrado en los estudios Panda de la calle Segurola, con Osvel Costa como técnico de grabación, Tito Fargo como segunda guitarra, Daniel Melero en teclados y Claudio Cornelio en percusión. Todo el álbum está filtrado por un velo sonoro opresivo, una especie de tremor precario que lo ubica en un plano de percepción extrañamente lejano. “El técnico descubrió el reverb en el ínterin y hacía que todo sonara como en el baño de nuestras casas”, protestaba Willy Crook en La Nación, haciendo pública una insatisfacción que, al menos parcialmente, compartía con Solari y Beilinson. Sin embargo, la expresión sobrevivió a la resolución: el segundo disco de los Redondos encarna el espíritu de un rock que asume su ubicuidad política en las últimas décadas del siglo xx. Las canciones tienen ese ánimo, el de interpelar estéticamente al mundo, absorber elementos históricos y reordenarlos en un espectro de pesadillas y alucinaciones. En esa mezcla de hambruna y furor tecnológico, de valses eléctricos mortuorios y rocanroles festivos, de militancia frustrada y bohemia romántica, en esa mezcla de estados alterados reside la peculiar grandeza del disco. Un juego de profecías convertido en remera. Una agria epopeya de nueve canciones, y el rock como todo llanto.

De la Redacción de Diario Cafayate – Revista Rolling Stone – Pablo Plotkin