Sociedad Septiembre 14, 2019

El cerebro adolescente y la sobrevaloración del riesgo

Adolescentes en Cafayate

“Un día nuestro hijo es alegre, afectuoso y obediente, busca consejo, se viste con ropa que elegimos juntos y me da un beso al volver a casa. La tarea la realiza sin protestar y salimos orgullosos de la reunión de padres.

Luego, en algún momento entre los once y trece años, algo extraño sucede. De la noche a la mañana parece que alguien lo reemplazó por otro; estamos viviendo con un extraño. Ya no podemos decir que es afectuoso y que está dispuesto a lo que le pedimos. Lejos quedaron los días cuando nos pedía consejos y si se nos ocurre ofrecérselo, seguramente seremos ignorados. Ya es un adolescente y después de llamarlo muchas veces a la mañana para que se levante, porque suele quedarse hasta altas horas de la noche con el celular, viene a desayunar con ropa a la cual nos gustaría poner una nota que diga “la manera en que está vestido no es mi idea de buen gusto”. Pasa horas frente a la computadora, pero no logra terminar la tarea y ahora tememos a las reuniones de padres…”

Adaptación del ejemplo de Pat Wolfe para introducirnos al mundo adolescente y poder comprender mejor las conductas, emociones y pensamientos que se van desarrollando en un cuerpo que va experimentando cambios de grandes dimensiones.

El cerebro adolescente está en plena formación y esto nos desafía a tener más conocimientos y las neurociencias nos permiten develar algunas cuestiones que caracterizan esta etapa de transición de la infancia a la vida adulta, en la cual querrán experimentar el mundo, probar cosas nuevas y ser más independientes.

Un concepto importante es que el cerebro adolescente aún se está desarrollando y todavía no es completamente maduro, de hecho algunas partes, como el área de la Corteza Prefrontal (CPF) ubicada justo detrás de los ojos, madura alrededor de los 25 años, pudiéndose extender hasta la tercera década de vida. La CPF es el área más evolucionada del cerebro y el asiento de las funciones ejecutivas, aquellas que nos permiten atender, planificar, organizar, tomar decisiones, desarrollar un plan, monitorearlo, hacer ajustes y llevarlo adelante.

Otra función importante es la inhibición de la conducta, lo que llamamos “control de impulsos”. Este proceso impide que nuestras acciones y nuestros pensamientos sean llevadas a cabo sin pensar en las consecuencias. Esta es una de las razones por la cual los adolescentes son demasiado impulsivos, debido a que la CPF todavía no está neurológicamente madura.

Los adolescentes suelen buscar y disfrutar de situaciones de riesgo, esto se da porque el cerebro está ávido de experiencias nuevas, novedosas e inesperadas. Y es así que cuando hablamos de ésta etapa aparecen ideas asociadas a la falta de registro del riesgo y que se creen inmortales. Pero en contra de lo que suponemos, el psicólogo Laurence Steinberg de la Universidad de Temple y especializado en adolescencia, observó que los chicos entre 14 y 17 años, los más proclives al riesgo, emplean las mismas estrategias cognitivas y resuelven sus problemas razonando con la misma habilidad que los adultos. Otro dato, al contrario de lo que se suele creer, son plenamente conscientes de que son mortales y que del mismo modo que los adultos, afirma Steinberg: “los adolescentes realmente sobrevaloran el riesgo”.

Entonces, si piensan parecido a los adultos y reconocen el riesgo como ellos ¿por qué arriesgan más?

En éste aspecto, el problema no está en lo que carecen en comparación con los adultos, sino en lo que tienen de sobra. No es que no reconozcan el peligro, sino que aprecian mucho más la recompensa. Valoran el premio mucho más que los adultos, de ahí que están dispuestos a correr el riesgo.

Steinberg utilizó para su investigación un videojuego, en el cual hay que atravesar una ciudad en el menor tiempo posible. Por el camino hay varios semáforos, que a veces, pasan del verde a rojo cuando se acerca un auto y obligan al jugador a tomar una decisión rápida parar o seguir. El jugador ahorra tiempo y hace más puntos si pasa antes de que a luz se ponga roja, pero si intenta pasar y no lo consigue, pierde más tiempo que si se hubiera parado desde el principio. El juego premia a los que asumen un cierto riesgo, pero castiga a los que se arriesgan demasiado.

Cuando los adolescentes hacen solos el recorrido, corren más o menos los mismos riesgos que los adultos. Sin embargo, si hay algo más en juego, la situación cambia. En éste caso Steinberg añade la presencia de amigos. Cuando lleva a la sala amigos para que lo vean jugar, éste corre el doble de riesgos e intenta pasar semáforos frente a los cuales antes había parado. Los adultos, por su parte, no varían su forma de conducir aunque delante tengan amigos.

Según Steinberg, esto puede demostrar que la propensión a correr riesgos deriva de un mayor interés en la recompensa. “No corren más riesgos porque de pronto dejen de reconocer el peligro, sino porque dan más importancia a una recompensa”, como impresionar a los amigos, no quedando dudas de que los adolescentes reaccionan con intensidad frente a las recompensas sociales.

Tanto desde una perspectiva evolutiva como fisiológica, nos encontramos con explicaciones para esa tendencia, la adolescencia se caracteriza por una sensibilidad máxima del cerebro a la dopamina, un neurotransmisor que activa los circuitos de gratificación e interviene en la toma de decisiones. Esto contribuye a explicar la rapidez en el aprendizaje en los adolescentes, su gran receptividad a las recompensas y sus reacciones intensas ante la victoria y la derrota.

Según Steinberg, Casey y otros investigadores creen que elegir el riesgo, tras valorar los costos y beneficios está propiciado por la selección natural, ya que a lo largo de la evolución humana, la tendencia a asumir riesgos durante esa fase de la vida ha demostrado tener un valor adaptativo. Para crecer, a menudo hay que marcharse de casa y afrontar desafíos, ésta sensibilidad a la recompensa funciona por lo tanto como un deseo de nuevas experiencias, que incentiva a los adolescentes a salir de casa, abandonar la seguridad del hogar y salir al complejo y desafiante mundo exterior.

Los adolescentes transitan ésta etapa como el despertar de nuevos intereses, pero también se acompaña de confusión, temores e inseguridades. Es por eso lo importante de separarse emocionalmente de los padres, para ir definiendo quiénes son y qué es lo que quieren ser. Este desafío es atravesado con los pares, con los amigos, en quienes ellos se ven reflejados y con quienes pueden practicar los roles del adulto, compartiendo problemas y aprendiendo a adaptarse a otras personas. La autonomía emocional de los padres se torna una dependencia emocional de los amigos, que generalmente comparten los mismos contextos y valores.

Como adultos, como padres, como profesores, tenemos el desafío de acompañar y ayudarlos a encontrar la manera de permitir ciertos riesgos sanos para promover el crecimiento, su desarrollo y tener registro que los adolescentes son muy buenos observadores de los adultos para incorporar tanto lo positivo como lo negativo de lo observado.

Isela Bertolucci – Licenciada en Psicología