Cultura Agosto 17, 2017

De cómo el amor llegó a Hollywood y sus convenciones

love story protagonismo femenino en el cine de hollywood

Es significativo que prácticamente algunas de las películas como, de “La Culpa ajena”, a “Lo que el viento se llevó”, de “Amanecer” a “Traviata ´53”, de “Sublime obsesión” a “Imitación a la vida”, estén marcadas de algún modo indeleble por la fascinación de un rostro de mujer.

El auge de la woman´s picture patentiza hasta qué punto el cine romántico de Hollywood está ligado al Star-system y a sus protagonistas femeninas. Al contrario de lo que parecen creer algunos críticos, éste no fue inventado en los despechos de algunos productores cinematográficos, sino que significó la prolongación de un fenómeno que imperaba en el teatro.

El público acudía a admirar a  Sara Bernhardt o a Eleonora Duse interpretasen lo que interpretasen – por lo general melodramas de muy escasa calidad literaria y escénica –, del mismo modo que más adelante aplaudía a Elizabeth Bergner, a Dorothea Wieck o a Ludmila Pitoeff, cuyos nombres iba unidos a grandes directores como Max Reinhardt y Erwin Piscator.

El romanticismo “para amas de casa” que caracteriza buena parte del melodrama sentimental hollywoodense, con sus temas invariables de devoción, sacrificio y expiación, que exaltan la moral más burguesa, han sido sobradamente analizados, cuando, no denostados, por los historiadores del cine.

Sobre el papel, nada más convencional que la historia que nos cuenta “Amanecer”, un típico triángulo amoroso como los que Hollywood nos ha ofrecido mil veces, pero que por obra y gracia del genio Murnau se convierte en una de las más sublimes y triunfales exaltaciones del amor que haya logrado un cineasta.

La famosa fórmula “chico encuentra chica, chico pierde chica, chico recupera chica”, repetidamente ridiculizada, ha inspirado multitud de películas vulgares, pero también inspiró “Soledad”, de Paul Fejos, la historia de amor que el mecánico y la telefonista viven durante un domingo en Coney Island, y que permanece como una de las más bellas muestras del cine de amor de Hollywood durante la delicada etapa de transición al mundo sonoro.

Aparte de estos logros excepcionales, es estimulante comprobar cómo ciertas películas, por la misma exasperación a que llevan las conversaciones, acaban por redimirlas.

Tal es el caso de “Dos en el cielo”, de Victor Fleming: un piloto caído en combate llega, en el más allá, al “cielo de los aviadores”, donde le encomiendan convertirse en un ángel de la guarda de sus compañeros novatos. Asiste al enamoramiento de uno de ellos por su prometida, y lo “guía” en una peligrosa misión de bombardeo.

Aunque la situación en sí sea un puro disparate, su propia desmesura sentimental termina por transfigurarla, por trascender esa pintoresca mezcla de romanticismo, fantasía y propagada bélica.

Mientras, de un lado, muchos melodramas son sublimados por la discreción con que algunos directores presentan los sentimientos, el pudor que saben conferirá los gestos de sus protagonistas, de otro, lo que les salva en buen número de ocasiones, los hace aceptables e incluso llega a redimirlos en la exageración.

Con la lógica del espectáculo cinematográfico, en el transcurso de los años se ha impuesto una presentación más franca y sincera de la pasión amorosa en la pantalla, que pone de relieve el carácter demodé y exquisitamente reaccionario de estas películas.

Pero aún, amparados en la franqueza, los estereotipos y las convenciones perviven, a menudo arropados con menos gusto o talento que sus predecesoras de los años treinta y cuarenta.

“Love Story”, es un perfecto ejemplo de ello. Los protagonistas pueden besarse apasionadamente, hacer el amor en la cama en un estado razonable de desnudez y decir groserías si se tercia: la protagonista, cándida paloma que “amaba a Bach, a Mozart, a los Beatles y me amaba a mí”, muere sin materializar su sueño de ver París, hecho que inspira sus últimas palabras, Screw París!

Las limitaciones de “Love Story”, como la involuntariamente divertida “Morir para amar”, de Lorenzo Artale, harán uso igualmente de tal “franqueza”, del mismo modo que se echará mano a toda suerte de adornos freudianos para poner al día un tema tan viejo como la rivalidad entre una madre y una hija por el mismo hombre.

De la Redacción de Diario Cafayate