Cultura Septiembre 17, 2017

La leyenda de la Laguna Brava

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CAFAYATE (redacción) – En muchas noches de bares, de Cafayate a Molinos, fácilmente con un vino de la tierra, un mistela o una cerveza, se puede escuchar hablar de la Laguna Brava, de sus duendes alegres que en noches de guitarra y cajas bagualeras, se fecundas con las sirenas rubias llegadas del mar del norte, luciendo collares de perlas tropicales sobre sus pechos ya casi cobrizos.

Cuentan que en algunas noches, entre vinos y empandas, los contadores de las mil y una noches de la Laguna Brava, de golpe desaparecen dejando al amanecer, una estela de misterio sobre esta tierra inconquistada.

Dicen que ningún ser de carne y hueso, pudo contar lo que vio, en sus noches de aguas movidas, pues sus hermosos huesos, quedaban en sus playas, blanqueadas por el sol y algunos pocos se convertían en oro, encandilando a la distancia a los arrieros distraídos, dueños de las alturas, desayunando con los cóndores choclos hervidos, charqui y chicha de uva.

Los arrieros dueños del tiempo y curtido por los siglos, fieles custodios de los lugares sagrados, habitados por seres mágicos y dioses de más de quinientos años de vida.

Los arrieros miran de lejos, las noches de fiestas, que las aguas iluminan, y danzas frenéticas forman un remolino y así mucho de sus duendes amanecen en los pueblos inadvertidos por el gentío.

Los viejos dioses, se cubren de oro y se zambullen en la profundidad de lago, mientras retumban las campanas de oro macizo. Todo esto ocurre en la noche de tiempo.

Y en el presente llegan cámaras filmadoras, equipos de buzos mandados por las universidades, que sin un pizca de oro, ni de magia, profanan sus aguas, midiendo el tiempo, centímetro por centímetro, acampando en sus playas, fumando “Marlboro” y comiendo “Cornebeef”, conscientes de que no sólo ensucian sus arenas, sino que están rompiendo un mito de miles de años, gozando de antemano, con un whisky en la mano, el noticiero científico, centímetro a centímetro, con las imágenes de la cámara mostrando las bellezas naturales y demostrando así que no hay nada sobrenatural, ni sobre, ni debajo de las aguas de la famosa Laguna Brava.

Mientras los duendes de todos los colores fecundan las sirenas de los mares del norte y los dioses cubiertos tocan con sus sikus, milenarias melodías andinas.

Y es así amigo viajero como dicen, como le cuento, cuando ande por estos valles, quien sabe, tal vez alguna duende milenario lo lleve de su mano alguna noche de guitarra y cajas bagualeras, al lugar donde los arrieros cobrizos, curtidos por el sol y el zonda, contemplan de lejos las luces y las mil y una noches de la Laguna Brava.

De la Redacción de Diario Cafayate – Relato Emilio Haro Galli – Ilustración Guillermo Fabián