Cultura Octubre 4, 2017

Misiones Religiosas del Valle Calchaquí

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CAFAYATE (redacción) – Con el objeto de acelerar la conquista española mediante la conversión de los naturales en el Valle Calchaquí, se fundaron ciudades. Una comprendía de catorce a veinte familias, más la fuerza militar, protegida por una empalizada a su alrededor.

“El obispo Trejo del Tucumán encargó a los jesuitas en 1614, las misiones en calidad de párrocos del Calchaquí, y desde entonces continuamente continuamente estos religiosos evangelizaron los valles”.

“Estos entraban por San Miguel de Tucumán o por Salta. A causa de la gran movilidad y del instinto guerrero de los naturales, los frutos de la enseñanza catequística y de la vida cristiana de los calchaquíes, fueron escasos, por ser herejes de nacimiento”.

Los misioneros jesuitas fueron los primeros que se posesionaron con iglesia y convento en el Valle Calchaquí, instalando en 1605 una de ellas en Fuerte Quemado, con el nombre de Misión Santa María de los Ángeles, en Catamarca, y la otra al norte de ésta, llamada Misión San Carlos Borromeo, en el lugar conocido como Piedra Pintada.

Producida la tercera guerra calchaquí, liderada por Pedro Bohórquez, y ya próxima a su derrota por los españoles, estas dos misiones e iglesias fueron destruidas por el fuego y la profanación.

Extraídos los calchaquíes de los valles, la catequización de los pocos que quedaron o regresaron, fue llevada a cabo por misiones en Haciendas, Reducciones o Misiones.

En 1738, misioneros franciscanos del convento San Diego de Salta, instalaron la Reducción “Nuestra Señora del Rosario del Calchaquí, situada entre los valles de El Cajón y Quilmes llamado San Isidro, al pie del cerro homónimo y a dos kilómetros del pueblo de Cafayate.

El padre Julián Toscano, en su libro La Religión Calchaquina, comenta: “Abarcaba la jurisdicción misionera, las poblaciones indígenas de Amaicha, Qulimes, Colalao, Pacciocas y Tolombones por el Sud; Animaná y Angastaco por el Norte; Cafayate en aquel entonces formaba parte de la provincia de Asunción del Río de la Plata”.

Los misioneros franciscanos no solamente realizaron el trabajo de evangelización, sino que también fueron los imagineros de ese entonces, en talleres conventuales: cabeza, manos, pies, para una determinada imagen de santo.

De esto comenta el padre Domingo Torre, de Salta: “La misión fue para los pocos que quedaron o regresaron de la extracción de sus montañas, un medio espiritual y físico de resignación; una esperanza en Dios motivada por el misionero.

En ella realizaban trabajos con elementos que hacían menos agotadoras las jornadas; la repartición de la cosecha de manera equilibrada para el sustento de la misión y la familia de los labradores de la tierra, a la vez que efectuaban el pastoreo de llamas, cabras, ovejas y vacunos.

Pero este tiempo de bonanza no lograba hacer olvidar aquellos tiempos de la conquista y desalojo de su terruño; siempre el odio y la venganza estaban prestos en la memoria, como así su costumbre natural de ser hereje e idólatras.

A casi medio siglo de permanencia de la Reducción, en 1794, el Capitulo Franciscano reunido en el Convento de San diego de Salta, al considerar los informes enviados por el fraile Superior de la Reducción Nuestra Señora del Rosario del Calchaquí, y al analizar los pocos resultados de conversión indígena, decide clausurar esta misión, retirando los misioneros hacia San Ramón de la Nueva Orán, recientemente fundada.

A la imagen de la Virgen del Rosario los misioneros optaron por dejarla al cuidado de una familia conversa, seguros de su perseverancia en la fe. Allí, en medio del trajín hogareño y las plegarias aprendidas en la misión, permanece la imagen de la Virgen del Rosario en la más absoluta reserva, en resguardo de algún posible atentado infiel.

Pero no todo quedó como un trabajo en vano, ya que Pacciocas, Tolombones, Cafayates, Animanáes, Angastacos y Jasimánaes venían a visitarla con sus ermitas santorales en aquella familia Alancay, ya descendientes de aquella primera, y que le brindara diariamente su servicio de protección, conservación y veneración”.

En 1808, el cura de San Carlos, Félix Ignacio Delgado, le construye una pequeña capilla en el paraje Potreros de Cafayate, pero no logra que le entreguen la imagen. Por encontrarse en mal estado de conservación y ser ésta muy pequeña, el mismo cura le construye otra más grande.

Concretada la construcción de esta nueva capilla, es traída solemnemente la imagen de la Virgen del Rosario desde aquel lugar, en 1817.

“Ha tenido este vecindario la felicidad de ver cumplido sus deseos, concluida y colocada la capilla pública, el pasado 14 del corriente mes de 1819, a cuyo solemne acto ha concurrido toda la población, tanto de españoles como de naturales… y a María Santísima del Rosario, patrona principal, bajo cuya tutela se fundó este nuevo templo”.